martes, 19 de diciembre de 2017

maría


María se durmió el sábado para ya no despertar. 
Quizá soñara con su Ignacia en medio de un trajín de cámaras, armarios y baúles, o con Amanda (¡ay, mi chica!, ¡hermosona!), cuando la llamó la muerte para llevársela al lugar donde descansan las buenas madres. Que fueron antes, y lo fueron para siempre, buenas hijas y buenas hermanas. 
El lugar donde las abuelas se cuentan, orgullosas, las cosas de sus nietas y de sus nietos.



Un baile con Arafat

Al final la he convencido, pero tendrías que ver lo que me ha costado. Mi madre quería a toda costa disponer una jofaina con agua, una pastilla de jabón sin empezar y una toalla limpia en la alcoba. Por si el médico necesita lavarse las manos. Y yo: que es Jesús, madre, y es de confianza y sabe dónde está el lavabo. Y ella, erre que erre: sí, ¿y si es el de guardia el que tiene que venir? Es terca, de las que no lo parecen y obran a la chita callando. Así que no me extrañaría que lo tenga todo preparado, y escondido donde solo ella lo sabe. Por si el de urgencias…
A mi madre no hay quien le quite las rarezas, como esta de pensar en las visitas, que le da algo si ve que el embozo de la cama tiene un pliegue o que asoma por debajo de la cama la cuña o la botella de la orina. Y no es exactamente el qué dirán, pero se le parece. Y no para de echar ambientador en la alcoba y ponerle colonia a mi padre, mira cómo huele de bien, y tan fresquita.
Hasta me da que la lectura voraz de mis escritos a prueba tiene más que ver con aquella advertencia que me sonó a censura -que a ver qué vas a decir, mira que no quiero disgustos- que a la curiosidad por ver de qué más cosas hablo. Vaya, por saber si no le he hecho caso.
Hubo un tiempo en que soñaba con Arafat. Nada, que otra vez he soñado que bailaba con el del pañuelo. Y lo decía tan tranquila, para regocijo redoblado de sus hijos y, sobre todo, de las nietas a las que se lo contaba. En otras ocasiones era que le despachaba a doña Sofía, hoy emérita, un par de botes de pintura color verde primavera. Y el caso es que me los ha pedido de esos de El Faro Verde, de los económicos, que no creo yo que les falte para comprar pintura de la buena de Titanlux. Pero las cosas como son, aseguraba como sorprendida, a mí me parece una mujer de lo más sencilla.
El remate, y el jolgorio, lo ponía la despedida. Porque mi madre, al fin y al cabo educada y muy cumplida, se veía en la obligación de darle recuerdos para don Juan Carlos y los chicos. Y si le da usted dos manos mejor, que así no se le conocen las mentiras. A la mesa recién pintada, se entiende, que no al marido.
Me habla mucho estos días, y puede que para aplacar su desasosiego. Yo la animo, y le pregunto cosas, detalles, que me sirven para esta labor de ahondar en los recuerdos. Y así se le distrae el pensamiento. Y no sé ni cómo ni por qué, pero me dice de pronto que no se acuerda de que hubiera en el pueblo más de un Antolín. Hubo uno, hermano del tío Ticiano y del tío Rufino el albañil, el maestro -sin serlo- de Nemesio, y hermano también de la Eufrosina… Y ya puesta, su memoria funciona como una maquinaria de precisión.
Lo que más le cuesta es arrancar, pero ya en marcha me dice que apunte. Apunta, me dice, que aquel hombre que hacía de Jesucristo muerto en la procesión del santo entierro era el tío Jesús Zaragata, que decía que era capaz de dormir tres días seguidos y despertar al tercero, y eso porque lo mandaba la liturgia. Y que a él no le asustaban los armaos ni lo despertaba el ruido de las carracas.
Me dice, de seguido, como si lo hubiera estado pensando estos días, que el tío de la perragorda, otro as de la bicicleta que acabó comprándose un vespino, era Paco el cacharrero, andaluz amable y compasivo adelantado a su tiempo, precursor de la venta a plazos en el pueblo. Y si era una perra gorda lo que la vecina podía dar esa semana, él apuntaba en su libreta el pago y se lo descontaba de la deuda por la compra de aquellas puntillas majas para el ajuar de la chica. Mi madre, sin ir más lejos, le compró una palangana grande de las que llevan un baño de loza. Y va, y la busca, y nos la enseña. Mírala, y todavía tan hermosa.
Mi madre tiene una memoria portentosa. Sobre todo para los nombres y para los cumpleaños. Y sin llegar a tanto, se acerca mucho a la de Nemesio, su hermano, cuya fama ya tenemos contada. Aunque ahora, nos dice María, me empieza a fallar. A sus noventa años. 
Para acto y seguido ponerse a relatarme la historia de la tía Polígina, la abuela de la visita que se acaba de marchar, una mujer tímida de pelo muy blanco. Tenía huerta, dice, en el monte Corral y siempre andaban de quintería. Y era muy alegre y muy buena la tía Polígina. Nombre con el que no doy por más que busco.
Se ríe mi madre cuando le hablamos de sus sueños, que no son precisamente de gente corriente y más parecen sueños de grandeza, que si lo decimos es por la alcurnia de sus protagonistas y no por otra cosa, que es pura sencillez la soñadora.
Ahora que, cuando se enfada, o así lo parece, es cuando le hablamos de aquella vez que tuvo un antojo, por las consecuencias. Y ella nos repite siempre lo mismo, y casi que con las mismas palabras. - Ni tiempo para antojos tenía una, y ya ves, que para una vez que tuve uno le salió a la chica una mancha como una ciruela así de grande, y con su color y todo, orilla de la ingle.
Mi hermana calla, y ni niega ni asiente. Antojos de embarazada. Cosas de los pueblos.

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