viernes, 22 de septiembre de 2017

presentación

Una tribu de palabras*


Por aquellos tiempos no era preciso ponerse de acuerdo, ni falta que hacía, para llegar a la única conclusión posible: que aquel, o aquella, es forastero y no precisamente de un pueblo de los de cerca. Bastaba con oír aquella palabra que al trompo le decía peonza, o canicas a las bolas. Es de madrid, que era como entonces se nombraba y al tiempo se distinguía a los que no eran de aquí, ni tampoco de cerca, por más que sus padres -o ellos mismos incluso- hubieran emigrado digamos que a Valencia o Barcelona o mismamente a Alcázar de San Juan. Por más que muchos de los que así marcábamos distancias acabáramos por marchar a la capital del reino con nuestras palabras a cuestas, Madrid era el resto del mundo.
Losdemadrid eran los que decían mamá, o papá, y solían acudir los veranos y quedarse hasta la feria. Hasta el cristo, por lo menos. Las francesas eran otra cosa, que llegaban con acento y bailando el twist. Como la Mari, que se fue con sus tías y volvió ya solo para el verano y no sé si volvió a fijarse en mí. Jugar sí que no quiso ya nunca, que pensé que a lo mejor en Francia no se llevaba. Y eso que a mí me gustaba tanto mirarla cuando jugaba al tocalé.
Las palabras marcaban entonces un territorio que era a la vez geográfico y cultural. Pero eso lo sé ahora. Antes hacían la raya entre los de aquí -aquel aquí- y los de afuera, aunque de afuera vinieran otros/otras que se quedaban después de terminar la feria, o la vendimia, aunque no eran muchos ni se les conociera apenas fuera de la escuela, hijos/hijas del jefe de la estación -la que yo recuerdo, chica y competidora- o del factor, de algún maestro o guardia civil, o del mismo jefe de Correos. La movilidad era así de corta y poco variada. La de los curas, oficialmente infecunda. Mi barrio de Santana no propiciaba, por lo demás, demasiados acercamientos, y casi todos vivían al otro lado de la carretera. A saber qué merendaban.
El territorio cultural, la comunidad, no es fácilmente apreciable cuando están ausentes las palabras que lo llenan y lo diferencian de otros. Y así antaño, cuando entonces la televisión un aparato escaso poco menos que diabólico y de funcionamiento enigmático, apenas si fútbol y toros. Y eso, si acaso. En la radio, tardes de mujeres y costura y las canciones de Radio Socuéllamos que se la dedico a mi madre por su cumpleaños de su hijo Nemesio que tanto la quiere desde Melilla, donde hace el servicio. La Pirenaica, cosa de mi abuelo y a la noche, y de lo que no se puede hablar mejor es callarse. Las palabras escritas de los libros, andando los años, más oficiales que otra cosa. Como si de otra lengua se tratara.
Con el tiempo supe que las palabras, y la manera de combinarlas, encierran una manera de ser, de estar en el mundo y de mirarlo. Una manera de pensar, y de soñar. Supe que pensamos y soñamos con palabras, tales las que decía aquel compañero mío mallorquín en sus sueños en voz alta, mi descubrimiento práctico, mi mejor aprendizaje, de qué es una lengua materna: la lengua en que se sueña, su mallorquín.
Una tribu de palabras, la de esos muchachos que corren con su perrilla detrás del tío del paloduz, hombre enjuto y serio, casi huraño. Con las palabras como herramienta y como frontera. No hacía falta saber de Wittgenstein para intuir que sólo rompiendo los límites de aquel lenguaje que tan perfectamente nombraba nuestro mundo sería posible descubrir mundos nuevos, salir de la tribu. Aunque fuera un salir sin dejarla nunca atrás.
Y así nos fuimos haciendo hombres y mujeres, y de provecho los más. Con las palabras a cuestas como un fardo liviano sobre los hombros con que abrirnos camino cambiándolas por otras, incorporando muchas nuevas, descubriendo sus parecidos y sus equivalencias. Convirtiéndonos, cuando se hizo preciso, en muchachos como losdemadrid para llamar niños a los que hasta entonces no habían sido más que monillos.
Aprendimos así a nombrar nuevos mundos. Pero todavía hoy, cuando me retan, soy incapaz de dirigirme a mi padre llamándolo papá.
Porque a los padres, de usted y con respeto.


* En El tiempo hermoso, Almud Ediciones de Castilla-La Mancha

lunes, 18 de septiembre de 2017

identidad

Identitat


Què fer de les paraules al final?
Si vull trobar què sóc no puc buscar
més que en dos llocs: la infància i ara que sóc vell.
És on la meva nit és neta i freda
com els principis lògics. La resta de la vida
és la confusió de tot el que no he entès,
els tediosos dubtes sexuals,
els inútils llampecs d’intel·ligència.
Convisc amb la tristesa i la felicitat,
veïnes implacables. Ja s’acosta
la meva veritat, duríssima i senzilla.
Com els trens que a la infància,
jugant en les andanes, em passaven a frec.

Joan Margarit, en Des d'on tornar a estimar, Proa, Barcelona, 2015


miércoles, 13 de septiembre de 2017

albañil, y comunista




A Pedro Patiño, del que no llegué a escribir, y ahora publico. 
Hoy, 13 de septiembre, se cumplen años de su muerte. 
El asesinato fue en 1971. 


Abrazo*

Llegará el día en que Paula, mi hija, tendrá que mirar entre mis papeles, hurgar en ese revoltijo que, quieras que no, es parte sustancial de mi memoria. Porque por más vueltas que le demos a las cosas, es en los papeles donde se guarda la vida.
Y cuando llegue el día encontrará, bien protegido, un calendario, plegable a modo de tríptico, que es la silueta recortada de unas figuras que se parecen a las de El abrazo, el cuadro de Genovés que simboliza como ninguno la reconciliación. Lo editó el PCE, el mismo que ya en 1956 había dicho que lo que España necesita es la paz civil, la reconciliación de sus hijos, la libertad. No había en el calendario siglas -claro está- ni distintivos, y se hizo para recaudar fondos para los presos y obtener recursos para las campañas por la amnistía, ilegal por entonces el Partido y empezando a asomar la cabeza cada vez más públicamente. Con presos, muchos, en las cárceles, y eso que estábamos ya en 1976.
Y digo esto porque ayer me llegué hasta Madrid para asistir al homenaje a los abogados laboralistas ahora que se cumplen 40 años del asesinato de aquellos -entonces camaradas- que se encontraban en el despacho de Atocha, 55. Un viaje que lo era también a mi pasado, a aquella noche triste que dedicamos a localizar a los que estaban más expuestos para, si era el caso, procurarles un refugio seguro. Y fue también -ayer- el homenaje a Juan Genovés, el pintor.
¿Y acaso tiene esto que ver con el tiempo hermoso? Es verdad, y no por darle la contra al poeta, que a los niños no dejaron de querernos, pero alguno hubo, y quiero recordarlo hoy, que fue hijo de un tiempo oscuro y al que la vida le duró poco, apenas treinta y cuatro años, que se la arrancó un tiro a traición, el disparo mortal de un fusil nada benemérito. Albañil y comunista, obrero con conciencia, Pedro Patiño será eternamente el joven que aparece tan contento con sus hijos -¿tres, cuatro años?- en esa foto que fue entonces octavilla y denuncia de aquel crimen, la que guarda mi madre, oro en paño, en el sitio donde guarda las cosas valiosas.
Nada existe en su pueblo, que yo sepa, que recuerde su memoria. La de Pedro y en su pueblo, que es el mío, rara vez generoso con los suyos. Si buscas en el callejero encontrarás la calle de un Patiño, aquel que fue obispo Mercadillo en tierras de misión y de conquista allá por el siglo XVII, más bien oscuro en la administración de los dineros públicos y polémico en sus actuaciones. Don Fernando, que fue un buen cura, escribió de él, y yo vi en persona el portal del obispo, lo que queda de la casona de aquel paisano en la plaza de Córdoba, la de Argentina.
Nunca hablé con Pedro Patiño, y hasta ayer no había podido abrazar a Lola, su mujer, el pelo enteramente blanco. A ella, ejemplo de valor y de coraje, ni siquiera le permitieron estar presente en el entierro de su marido. El proceso judicial, una farsa que reparó, aunque tarde y parcialmente, la democracia recuperada. No sería hasta 2009 cuando el gobierno de España reconociera que Pedro Patiño fue perseguido y encarcelado injustamente “sin las debidas garantías por el ilegítimo Juzgado Especial de Espionaje y Comunismo” y que murió “en defensa de su actividad política”. El centro de formación sindical que CC.OO. tiene en Madrid lleva su nombre.
Pedro formó parte, como tantos otros, de un gigantesco éxodo. El que un joven escritor, Sergio del Molino, llama ‘el Gran Trauma’ en su libro La España vacía, que leo estos días. El éxodo que llevó en no más de veinte años -los que van de 1950 a 1970- a millones de españoles del campo hasta la ciudad. Un desarraigo producto de la acción combinada del desarrollismo incipiente y del abandono del campo, dejado de la mano de dios y la del Régimen. Franco había dado la espalda a aquel macizo de la raza en que había basado sus sueños imperiales.
A la ciudad, o al extranjero. Y allí, en París, por poco no vivió Pedro Patiño su particular mayo de 1968, un éxodo, el segundo, que no tuvo ya motivaciones económicas. Había sido procesado y declarado en rebeldía.
También mi familia, ya está dicho, formó parte de aquel Gran Trauma. En busca, así me lo tienen dicho, de estudios para los hijos y de mejor salud para la madre. Y en Vallecas encontramos nuevo hogar, un primer piso de algo más de sesenta metros con terraza a la calle. No lejos de allí vivía la Olvido con su hermana Asunción y Pedro, su cuñado, y sus sobrinas.
El barrio se llamaba de Entrevías, y la cueva donde vivían estaba encalada y limpia, con una bombilla de luz siempre encendida. No hace mucho frío -decían-, lo peor es cuando llueve.


* En El tiempo hermoso. Almud Ediciones de Castilla-La Mancha.

lunes, 11 de septiembre de 2017

propósito



Tengo una mala memoria. Y una edad en la que empiezan ya a confundirse los hechos -si es que existe algo así fuera de nuestra mente- con imágenes y sensaciones que quizás pudieron ser pero tal vez nunca fueron. O no fueron así como mi memoria recoge ahora.
Tampoco sé, os lo confieso, si mis recuerdos son enteramente míos, ni cuánto habrá en ellos de prestado. La memoria también se hereda, he leído que decía Angelina Gatell, la poeta que limpiaba lentejas.
Una edad la mía en la que se agolpan a veces, sin posibilidad apenas de distinguirlas, emociones que vienen a desdibujar los recuerdos. O a intensificarlos, depende de su viveza. Que se asocian a ellos y los evocan, aunque a menudo son los propios recuerdos los que las llaman y las convocan hasta anegarte, si cabe, el corazón. Emociones tal que ahora, cuando tan cerca del patio de la parra, desnuda todavía, donde abracé por última vez a mi Amandita la víspera de su muerte. El patio donde velamos su ausencia en compañía de los amigos.
Hoy le he traído a mi padre, que conserva su alma de músico, un documental sobre el sistema de orquestas venezolanas, el que soñó Abreu y Dudamel ha hecho definitivamente universal y envidiado, y vemos en él a un músico jovencísimo que cuenta que solo puede dormir si sabe que su chelo está a salvo a su lado. Un chelo como el que, ahora mudo y solo, hacía sonar Amanda.
Estamos los tres, mis padres y yo, solos en esta casa que llama con fuerza a mi madre tan pronto como abre la primavera y van quedando atrás las noches oscuras del invierno. La casa que fue primero de sus padres y después suya, refugio y meta una vez finalizado su destierro madrileño, ajena ahora la casa propia de ahí enfrente, la que hicieron en parte mis padres con sus propias manos. Aunque de eso quizás diga algo más adelante.
Han querido venir esta semana santa con la excusa -no sé si consciente- de que la casa esté abierta por si quieren venir los chicos. Y entramos así, y cada vez ocurre con más frecuencia, en un bucle que no me atreveré a calificar más que de cansino: abierta la casa, y aunque a regañadientes como en esta ocasión, los chicos -es decir, mis hermanos- se ven obligados a venir. Y si no se quedan, como sería su gusto -el de mi madre: su casa, sus chicos- según el plan que urdió en su cabeza, la ilusión acaba trocándose en disgusto.
Nada de extraordinario, por otra parte, salvo que María, mi madre, ha cumplido ya los ochenta y ocho, y ahora mismo, mientras escribo, anda entrando y saliendo a los patios, riega las plantas (ya lo hizo ayer, y anteayer), pone la sartén y empieza a freír el champiñón que estuvo limpiando mientras en la tele desfilaban, una tras otra, las procesiones de esta España nuestra que ya dudo que sea algún día el Estado no confesional que su Constitución predica. Aunque todo eso, y limpiar el polvo y barrer los patios y subir a las cámaras, es no más que un espejismo. Ya no pueden quedarse solos. De ahí que esté yo. Que estemos los tres. Por eso, y porque no pienso negarles aquello que pueda hacerlos un poco más felices.
Por eso el sol en el patio ahora. Y el silencio. Un momento propicio para empezar a escribir estas que, aun viniendo de la memoria, no son memorias y me vienen rondando demasiados años ya por la cabeza. Propicio para poner en el papel y en orden una gavilla de recuerdos, y de pensamientos atados a esos recuerdos, y reflexiones que vienen del tiempo de la infancia y a la infancia me devuelven.
Dónde mejor que en la casa que mis abuelos maternos, Pedro y Gloria, terminaron de levantar en 1927.
¿Y por qué no ahora, a la luz limpia de la tarde de este sábado de abril que en la liturgia romana llamaron siempre de gloria?

sábado, 1 de julio de 2017

cinco



In questa notte nuda di parole
come un angelo cancelli il mio dolore
nella grazia tremante del tuo sguardo.
Anche se questo esilio mi apparterrà per sempre
la tua dolcezza è un’anima,
un lampo acceso nel destino,
una carezza deposta nel mio cuore
più forte del vento solitario
che vi respira dentro.
Lo so che un’ombra ci separa,
che questa luce è fragile
come certi lucignoli che scuote
la brezza leggera d’autunno,
ma il tuo sorriso forse l’ha scritto Dio
nel mio destino.

(Roberto Carifi, en Amore d’autunno, 1999)

domingo, 25 de junio de 2017

rap


Hay otra maneras de celebrar la noche de San Juan,
y diálogos más fecundos entre moros y cristianos.
Sin ir más lejos -aunque lejos quede- esta rareza bonaerense que ponen en común
argentinos, alemanes, griegos y franceses.
En la que han participado, cuentan, unas cuarenta mil personas.
Con, incluido, un rap de los sofistas.

miércoles, 24 de mayo de 2017

domus


Domus en Amazon

Los 2 más, que son efectivamente los que más,
Betsabé Alhambra
Paco Morata

domingo, 21 de mayo de 2017

Ronda del sí

Y ahora digo sí, sin más ni más,
como otros dicen no por si las moscas,
digo sí porque sí, por voluntad,
porque en el no se ufana la renuncia,
el canto de los cuervos, la estepa hospitalaria,
tanta calma que no hace travesía,
en el charco del no toso, me empapo,
estancado el afán, los remos rotos,
espectador de un alto en el camino
que ya se ensimismó más de la cuenta,
cuando impaciente el sí baraja ya sus cartas,
su brusco germinar, su aliento navegante,
un signo, una señal, un cuerpo acaso,
siluetas a lo lejos, hogueras en el bosque,
la sombra de un paisaje que soñé,
mientras el no me invita a especular,
a calcular la ausencia de mis pasos,
la inmóvil rotación de mis razones,
pero he aquí que el sí da un paso al frente
y de pronto es ya tarde y menos mal
que el pie ya desertó de su pereza
y sopla el viento y voy, a la estampida,
carretera adelante, desbocado,
digo sí porque el sí es la luz primera,
la espontánea eclosión, el resplandor,
callo el no porque el no seca mi cauce,
digo sí porque el sí me desemboca.

(Eduardo García, en Duermevela, 2014)

sábado, 20 de mayo de 2017

dar los días

Si te parece, podíamos ir a darle los días al tío León. Así la propuesta de mi abuelo, si era fiesta o domingo, o los hombres estaban de temporal, para que le acompañara a felicitar por su cumpleaños al amigo o familiar que ese día los cumpliera. Aunque más que cumplirlos, como ahora, por entonces los años se hacían.
El tiempo, también el biográfico, tenía otra medida y otro tempo, quizás entre lento y moderato. La pregunta por la edad no se traducía en años, y tampoco se inquiría por el cuánto. Era más importante el qué, ya fuera el qué de qué años, ya fuera el de qué tiempo. ¿Y qué tiempo dices que tiene? Anda, pues tu chica y mi chico son de un tiempo. ¡Y qué me vas decir, claro que tiene ya tiempo como para sentar la cabeza!
Aquel día de temporal, los chicos sin escuela, hacía los años el tío León. Seguro que mucho más jóvenes él y mi abuelo entonces de lo que yo ahora, pero con esas hechuras de hombres sin edad como eran todos los mayores. No hay más que ver las fotos, todas en blanco y negro, todas encima de la banca, hombres y mujeres de no más de cuarenta y ya ancianos. Tan corta la esperanza de vida que entonces ni se llevaba.
Del tío León me impresionaban el nombre y el porte, y que fuera su hija aquella novia que tuvo Nemesio, tan de buena planta que el par de dos que formábamos Antonio el primo y aquí el servidor de ustedes la apodamos, más por hacer rabiar que por celebrar su lozanía, la mula torda. Y cuando a la tarde, vueltos del campo y limpios mis dos tíos se iban a hablar con las novias a la puerta de la casa de ellas -si pasaban (sí, ya pasa) era otra, y más en firme, la relación- los dos primos nos apostábamos en la esquina de la calle del tío León para enrabietar al más pequeño de los tíos voceando como tontos aquella tonta letanía: ¡la mula torda, la mula torda! Sin parar hasta que un Nemesio harto dejaba el enamoramiento para correr detrás de nosotros con la correa en la mano.
No sé en qué modo influiría, si es que influyó, aquella tabarra que se repetía un día sí y otro también, y algún azotazo que otro y más que merecido, en que Antonio aborreciera las películas donde aparecían mujeres. Yo de mayor, decía, quiero ser detective, que los detectives no se casan. Y algún edipo le rondaba, porque eran legendarios sus berrinches si en alguna boda -que otra ocasión no había- veía a su madre, mi tía Rosa, bailar con alguno. Un berrinche que nunca venía solo sino arropado de algún que otro vocablo de los que pasaban por malsonantes, que proverbial era también su mala lengua. Ya contaré, ya, y espero que no se me olviden, un par de sucedidos que bien que lo retratan.
A saber si aquel día vino también mi primo a dar los días al amigo del abuelo que los domingos por la tarde y sin faltar uno se encerraba con los otros dos o tres de más apego en lo que hoy es la habitación oscura, donde la banca, con unos puñados de cacahuetes y un zurra. Decían que para echar una brisca, pero yo sé qué allí se sentían libres para hablar de lo que no se podía al aire libre. Muchos anochecidos, aunque no fuera domingo y si no tenía academia, se dejaba caer por la casa el maestro de la música. Hablaban moniquito en la cocinilla donde la radio.
Aquella radio que recibí como una herencia y en la que no cantaba Manolo Escobar. Y mira lo que te digo, mocetón, a ver si tú sabes lo que pasa, que en la radio de la tía Fidela sale Manolo Escobar, y en esta nuestra no se oye más que la Pirenaica. Mi abuela algo se barruntaba, pero nunca encontró explicación a diferencia de onda tan grande y particular. Tampoco Pedro se tomó nunca interés en aclarárselo, que a lo mejor seguía en el enfado de cuando su mujer, a la primera ocasión que tuvo de votar, votó a las derechas. Si es que nos lo veíamos venir, y pasó lo que tenía que pasar, contaba mi abuelo de aquella conquista del voto femenino.
A lo que íbamos, que a las felicitaciones llegamos y cumplimos. Siempre la misma fórmula, un auténtico rito que aún hoy me complazco en repetir, que cumplas muchos con salud, y la misma respuesta siempre, parte irrenunciable del ritual. Y el tío León: gracias, Pedro y compañía, y tú que lo veas.
Tengo fotos de mi abuelo recién salido de la cárcel. Envejecido y enjuto, como enteco. Tanto, que en los años que siguieron no hizo más que rejuvenecer. De semblante y de humor, y aun de amor, de tarde en tarde ese punto de tristeza y nostalgia en la mirada. Juro que los vi.


** A mi Paulita, que hoy hace los años,
con el deseo de que cumpla muchos con salud 

viernes, 19 de mayo de 2017

genealogía

Podría ahora,
mientras un hombre duerme aquí a mi orilla
remontarme por el río de la sangre
hasta la piedra primera de mi especie,
hasta el vértigo inicial de una mujer ceñida
por los signos, apenas descifrables,
que fueron roturados en su cuerpo.
Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,
se agachan despacio y miran en silencio,
se acuclillan despacio.
La mujer que es primera de mi genealogía
calienta en su entraña aquello que rezumo:
la tintura más roja de la sangre,
el ocre de la piel sobre sí vuelta
hasta alargar las manos y el deseo,
ese blanco sin adjetivos de las lágrimas
o la leche que nace por sí sola.
La palabra es una excrecencia más tardía,
no nos ha sido dada por igual,
ni siquiera en mi origen más cercano
se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.
Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.


(María Ángeles Pérez López, 1997)

lunes, 1 de mayo de 2017

mayos

No hace siquiera unas semanas que me mandaron un video. Ingenioso, voluntariamente naïf, desenfadado, que buscaba promocionar el comercio local. Déjate los cuartos aquí, era el ritornello de la canción y su estribillo. Y el objetivo confeso de la iniciativa. La estrella, y sin tener ni siquiera que mejorar lo presente, la Lupi. Hija de Lupicinio -y sobrina por tanto de aquel José molinero y madridista- y mujer de Santos, que en paz descanse.
A mi, desde luego, no me ha extrañado, que la recuerdo bien a la Lupi de alguna noche de mayos, y no hay mujer más alegre y bien dispuesta para zambras y alboroques. Ni tampoco la hay más trabajadora, no vayamos a confundirnos. Y si no la hay en mujer, en hombre sí: Santos, su marido, hombre bueno y socarrón, divertido, sosegado. Con su violín y la guitara de Salvador, y Nemesio al acordeón, formaban una cuadrilla que se bastaba sola para cantarle los mayos a las mozas, más jóvenes o más mayores, tanto da, en esa noche de abril donde tenías licencia para desafinar y hasta para trabucarte en las letras, que tanto daba, de abril, si cumplido o florido. El caso era de alegraros mozas, que mayo ha venido.
Casi siempre se añadía Demetrio padre a la cuadrilla, que también le iba la juerga, y cantaba con aires de emoción, y casi siempre de falsete pero con mucha dedicación y entrega, como si aquello fuera oficio, y no diversión. Y a veces, aunque menos, Virgilio se atrevía a llevar el ritmo con su percusión especial de alpargata y bote. Farándula al completo a la que se arrimaba algún pariente, más bien por hacer bulto y pasar el rato, como yo. También vino un año la tía Emilia.
Y así de casa en casa y de zurra en zurra -en algunas con su puñado de alcahuetes- y cada vez con más licencia para que Santos se apañara con dos o tres notas, que falta no le hacían más. Pero la que sobresalía era la Lupi, sin desentonar en lo que duraba la ronda por aquellas casas de fachadas de blanco inmaculado en las que, de cuando en cuando, brotaban unos tiestos de factura más bien tosca dibujados a brochazos, azules del azulete que los quintos le habían quitado a sus madres. Y más de una madre agarró más de un sofoco, por el tiesto pintado sí, que no por el azulete, y se le empezaba a atragantar en el galillo el pretendiente de su hija, tan pinturero, que aunque le dieras otra mano de cal, o dos, no acababa de desaparecer del todo el espantajo. Y para pretender no hace falta arruinar el blanqueao. ¡Si será tiparraco!
Yo, madridista convencido por parte de aquella Telefunken de pantalla redonda y gris, nunca fui quinto. Tampoco falangista, a ver qué vais a pensar. Ni pretendí, sin edad para aquello. Cuando la tuve, fue ya otra historia, y no fui a la mili. Tampoco tuve novia, según mi madre, que se enteró de aquello el día que dije que me iba a casar.
Entonces, y mientras hubo mili, los mozos se libraban por ser hijos de viuda o cortos de talla, por tener los pies planos o ser estrechos de pecho y cosas parecidas. También podían salir excedentes de cupo en el sorteo. Mi padre se libró porque era el único varón de la casa y, se supone, el sustento de su padre y una hermana soltera, los dos a su cargo. Lo mio fue por la vista, y me declararon, para disgusto de mi madre, inútil total. Como a Maxi, que lo operaron de desprendimiento de retina. Julio, el pequeño, fue objetor, de aquellos que se decían de conciencia. Así que, en mi familia, jurar, lo que se dice jurar, ni la bandera.
No fui quinto, pero digo yo que tendré quinta. Lo digo porque recibió mi hermano el otro día una carta convidándole a una misa y una cena con karaoke después por ser de uno de los de su quinta. Y ya he dicho que se libró, como yo, aunque a él ya no le dijeron por escrito lo de inútil. Y el convite, de pago, como es de razón. Para mí que no va a ir.
Para afición, la de Pepe, que ni loco se pierde unos mayos, y se pasa la noche entera tocando y cantando y bebiendo -y comiendo, que donde vaya Pepe Valverde no ha de faltar- en los de Villanueva de los Infantes. Que son unos mayos diferentes, con una entonación y unas letras no muy al uso. Y que se engalanan con las cruces.
Estas tierras nuestras son muy de celebrarlos, y en Pedro Muñoz sin ir más lejos se celebra con éxito la fiesta del Mayo manchego, que no sé por qué se quiere ahora nacionalizar. Y hasta La Almarcha me llegué un día, de la mano de Parrilla, porque unos alumnos míos del Tirso que tenían un grupo folk recogían letras perdidas por los pueblos. De mayo también las flores, a porfía. 
Y el Primero de Mayo.

martes, 18 de abril de 2017

gloria

Si me paro a pensar, he vivido siempre -y aún hoy- rodeado de Glorias, y eso a sabiendas de que no hay gloria alguna que me esté destinada. Ya tuve una hermana Gloria, de vida cortísima y dicen que alegría sola, tan monillo yo que no tengo de ella recuerdo alguno. Y Gloria fue esa abuela a la que todavía puedo ver sentada a la puerta del patio, el moño bien hecho y de tocado siempre su pañuelo, de negro las más de las veces aunque no fuera luto. Y hay en mi vida Glorias que son mis primas, hermanas unas y primas segundas y hasta terceras otras, y no son pocas. Y una cuñada, Gloria, que se afana en sanar a sus iguales allá en tierras del Ecuador. Hasta una tuve, talaverana, trabajando conmigo un tiempo codo a codo.
Hace un par de días hablé y escribí de cuando nació una bien cercana, Mariagloria, que me viene siempre a la memoria el dicho de su poco peso al venir al mundo y, a la vez, la imagen de un patio en obras. Y hace algo más contaba de su madre que estaba grave y mal: la Gloria que ayer nos dijo adiós. A la que hoy nos disponemos a despedir.
Y cuando ayer Nuncy, la mayor, me daba la noticia, una sola cosa había que no conseguí apartar desde entonces de mi cabeza. Porque si hay personas de las que nunca nadie dirá nada, porque nunca han dado un ruido, porque han pasado su vida en silencio -tan callando- y resignadas, siempre en segundo plano, como desenfocadas allá al fondo de la foto, si las hay, digo, la tía Gloria es una de ellas.
A estas horas se prepara para hacer su último viaje al pueblo que la vio nacer, madrileña como tantas a la fuerza. Como tantas por querer para sus hijas una vida mejor. La que a ella injustamente, como a tantas, le negaron. Y si hubiera de confesarnos algo hoy, concluso su pasar por este mundo, cerrado su destino, seguro estoy de que, más que haber vivido, nos diría que ha sufrido. Sobre todo cuando este tramo final de su tiempo se le llenó de muerte y de dolor y perdió en unos meses a tres hermanos, y pesó más el dolor que la alegría del biznieto y la salud recuperada del nieto grande que le regaló un día, valiente, su Isabel.
Le ha venido la muerte como transcurrió su vida, tan callando. Y hoy la lloraremos en silencio y yo recordaré sus ojos. Esa marca clara, nitida y precisa, que no mentía, y que distinguía y definía por igual a sus hermanos, inconfundibles esos ojos que mantendrá bien abiertos esa hermana que los sobrevive. Y ojalá que sea por muchos años, porque en los suyos los seguiremos reconociendo.
A ella, y a mi madre -que pierde otro pedazo de su alma, tan seguidos- las tendré esta tarde bien presentes. Mientras los creyentes rezan por que el dios de la tía Gloria la acoja en la suya. Sabiendo que no dará una mala noche, ni una queja, y que será el silencio -¡qué le vamos a hacer!- su eternidad.

domingo, 16 de abril de 2017

felipe

Ayer fue otra vez sábado santo, razones de un calendario que mira a la luna más que a los relojes. Y hoy me entero de que ayer murió Felipe, de vuelta a casa con su moto. Y Tomi, y después Pepe, comparten su tristeza con la mía. ¡Vaya racha!, nos decimos, y recordamos. Tantos años, y nos tuvo que convocar el azar para, sin saberlo, darnos un último abrazo. 
No habrá ya más, compañero, el más inteligente tú de entre nosotros.

domingo, 9 de abril de 2017

otro sábado

Los sábados tienen, de antiguo, su puntito. Y no precisamente por la camisa blanca, largo tiempo en desuso, ni por el seguro solaz que dice el dicho. El sábado es más bien día de espera y anticipación, ahora de asueto pero antaño tan laborable como el que más, si es que el tiempo lo permitía.
Este de gloria es un sábado que me retrotrae a otro, de gloria igualmente pero yo no chico, de aquel año del siglo pasado que resultó inaugural por tantas cosas. Otra semana santa, otro abril, pero esta vez de 1977. Aquel año en que los españoles, de nuevo ciudadanos, volvimos a votar.
Lo recuerdo cada vez que paso frente a la casa cuyas puertas habíamos decidido abrir aquel día de par en par no sin las dudas de muchos, la oposición de algunos y los temores de casi todos. Los bajos de aquella casa, en la carretera y muy cerca del Ayuntamiento y de la iglesia -toda una declaración de intenciones- iban a convertirse aquella tarde en la sede del Partido Comunista. Media docena de sillas y una mesa, un par de carteles (Dolores y Santiago, y puede que uno también de Marcelino publicitando las Comisiones Obreras) y un puñado de hombres y de mujeres esperando la llegada del sargento de la Guardia Civil. También una barra mediada en la pared del fondo, recuerdo de su pasado como local destinado a bar.
Llegó el sargento (‘buenas tardes, ¿qué hacen ustedes?’, ‘pues ya ve, de cumpleaños, celebrándolo’, ¿y esos carteles?, ‘nuestros, de unos amigos’, ‘ya veo, ya, pues dentro de una hora vuelvo y espero que no estén aquí… y si hace falta traeré la fuerza’), y, antes de que volviera de nuevo, la noticia de la legalización del Partido: Jose, entonces una chiquilla de cara triste y dulce, muy guapa, nieta del que había sido el último alcalde socialista de la República, nos la lloró nerviosa y alborozada. Están diciendo en la televisión que han legalizado el Partido.
El azar, tan amigo y aliado de la necesidad que son ya una y la misma cosa, había obrado aquel acontecimiento. Ni siquiera José Luis, entonces del Comité Central de la clandestinidad, conocía la fecha elegida. Y así nos juntamos, al azar, en una semana santa como la de ahora, los que vivieron en el silencio forzado de los vencidos sin perder en sus ojos el brillo de la esperanza y los que, más jóvenes y más audaces, habíamos tomado partido por la política ‘de puertas abiertas’ y habíamos optado por salir a la luz, por imponer nuestra presencia para que nunca más se pudiera esconder. Cosa que era bien distinta en el inmenso anonimato de Madrid.
A la tarde esperé en la AISA -el coche de Madrid será siempre la Isa- a la tía monja. Aquella que lo era por haber hecho promesa de vestir los hábitos si su padre -mi abuelo- se salvaba del pelotón de fusilamiento. La que se hizo forastera y ya nunca volvió más que de visita.
Pero no es esto lo que ahora quiero contar. Ni el cómo la casa de Nicolasa la Dura -Duro era de apellido- llegó a ser, después de bar, sede del PCE de mi pueblo, ni cómo aquel domingo del cristo resucitado celebramos públicamente esa otra buena nueva del fin de la clandestinidad de un partido al que no pudieron aniquilar por más que asesinaron a miles de los suyos, ni cómo me entrevisté aquella mañana, Apolonio de testigo, con el alcalde de entonces, aturdido él y desorientado -‘tendré que llamar al gobernador’, decía- para anunciarle que esa tarde haríamos una fiesta a la que estaba invitado. No, no son este tipo de recuerdos. Si acaso, como el lector podrá colegir, será el azar el que explique cuánto azar hay en la vida de un chico de pueblo que quiso siempre entender el mundo y que un día, además, creyó que podría cambiarlo.
Claro que, por no dejar al lector a medias y que a servidor se le reproche, tendré que decir que la fiesta se hizo, y celebramos en un local repleto que la vida empezaba de nuevo. La espera había sido larga, y el dolor tanto y tan grande que no se podía medir. Pero allí estábamos, en pie. Derrotados, pero no vencidos.
El sargento de la Guardia Civil no vino. El alcalde tampoco.

domingo, 19 de marzo de 2017

arrempujar

Mi padre emplea de siempre unas expresiones particulares que han ido haciéndose, con el tiempo, santo y seña de su decir. Inconfundible su ¡alto al ambo!, la enseña más alta de su admiración por un suceso, un dicho, una cualidad o una persona. Y no vale valeres. Que es otra de esas de las suyas que tan certeramente lo caracterizan.
Si ustedes oyen alguno de estos dos giros, no lo duden. Es mi padre, Julio Rojas, que le aplicaron de mote el segundo de sus apellidos, vaya usted a saber por qué. Aunque hay en su habla habitual unos cuantos decires más, digamos que más ordinarios, y especialmente los que traducen un cierto aire autoritario, y no se hable más, que lo retratan igualmente. Sobre todo cuando no le gusta la deriva que va tomando una conversación o si le contradices cuando él, como es su costumbre, piensa que lleva toda la razón. Y así sucesivamente, que confiesen conmigo que es dicho más propio de aparecer escrito.
Y no digamos ya de la especial semántica que aplica de continuo en su conversación. Así cuando traduce como extorsión -sí, eso mismo que están leyendo- lo que no es sino percance o contratiempo. -Hace unos años -le dice a la otorrino- tuve una extorsión que me afectó al oído derecho. Y la mujer me mira, y con los ojos le pido compresión, y me entiende. En ese caso, la tal extorsión fue un forúnculo que según él le fue privando de la audición.
Una extorsión es como un chantaje, le digo a mi madre esta mañana, y mi madre se ríe y no para. Le está contando a su nieta de cuando tuvo su enésima extorsión, que se cayó de la bicicleta y tuvo que dormir tres meses en tablas, y desde entonces le empezó esto de andar con dificultad, que piensa él que no acabó de curar del todo. Y todavía no tenía los treinta, así que imagínate. Y no vale valeres.
Anda encorvado, y le flojean las piernas, que ya casi no lo sostienen. Y como ha perdido fuerza en los brazos, ha ido dejando de usar el andador, ese que es también asiento si le pones el freno para que no se mueva. Silla de ruedas no quiere, que digo yo que es cosa sicológica.
Es ahora su andar un andar pausado y lento, más que ese de los fotogramas de cine a cámara lenta. Fatiga da con solo verlo, y ver el esfuerzo que necesita un paso, y luego otro, y otro más. Hasta el tiempo parece que se detenga para ponerse a su compás. Como para que viniera ahora un torete de cinco años, que es, era, otro de sus dichos favoritos cuando no andábamos diligentes.
Lo suyo con el lenguaje es de suyo curioso. Tal su afán por corregirnos a nosotros, sus hijos, de pequeños. Que memoria guardo de una corrección en forma de sopapo o pescozón -ya no recuerdo la modalidad- por mi entusiasmo en narrar los prolegómenos de una tarde de cine, apretones a la entrada, en que los chicos arrempujaban. Y a cada arrempujón que yo decía, sopapo él, o pescozón, que me ganaba. Empujar, se dice empujar. Para cuando llegó la corrección paterna, mi cara un tomate.
Como es natural. Otra de sus muletillas. Esta, para comenzar la frase en que, como de pasada y como quien no quiere la cosa, reafirma ya de entrada su autoridad. A veces la pronuncia al final de la frase. Y así redondea lo dicho. No hay equívoco posible. Ni quien se atreva a llevarle la contraria, las cosas como son.
Lo cierto y verdad es que el elenco y variedad de la particular prosa hablada de mi progenitor es amplio. Y ampliándose está con la edad, máxime cuando le da por ponerse ya sea místico, ya solemne. Los derroteros apuntan entonces al surrealismo más depurado, sin que de nada sirvan diccionarios de dudas y dificultades. Ni siquiera alcanzan los de seudónimos, escasos por igual el María Moliner y el del amigo Manuel Seco.
Cosa que sucede, y con frecuencia creciente, en la más doméstica de sus locuciones. Si le oyes decir tráeme uno de colores sabrás que quiere un flan de postre, y un yogur si lo que pide es uno de esos corrientes. Y es que lo de mi padre es pura creación. ¿Acaso no decíamos que la maravilla del lenguaje humano y la propiedad más preciada de la doble articulación es esa capacidad de producir con un repertorio tasado de fonemas un número infinito de mensajes?
Y dio la fatalidad de que al consultar el diccionario estaba allí: Arrempujar 1.tr. desus. empujar. U. c. vulg.

viernes, 17 de febrero de 2017

valor y precio

El valor de una sentencia


Que nadie se llame a engaño. No escribo para defender a EQUO ni para justificar su voto, que ellos ya sabrán lo que hacen y cómo rinden cuentas ante sus votantes y los vecinos.
Escribo porque estoy avergonzado de que mis compañeros de partido no hayan apoyado con su acción y con su voto la petición de una trabajadora municipal de que se le reconozcan y apliquen derechos que le han sido ya reconocidos en una sentencia judicial firme.
Escribo porque me indigna que un equipo de gobierno municipal que se apellida socialista se afane en buscar culpables y achacar responsabilidades a terceros sin asumir la suya propia. Que no es otra que la de acatar, y ejecutar sin demora, esa sentencia. Y aplicar, como se debe hacer en democracia, los acuerdos de un Pleno aprobados por mayoría. Aunque no gusten, o incomoden. Y sin subterfugios.
Escribo porque vengo de asistir a un acto de recuerdo y homenaje a los abogados laboralistas asesinados en aquel despacho de la madrileña calle de Atocha cuando se cumplen ahora los cuarenta años de aquella infamia.
La defensa de los trabajadores -y la exigencia de que les sean reconocidos todos sus derechos, incluidos los salariales- está en el ADN de la izquierda sin apellidos. De la izquierda política, y de la sindical, de lo que antaño conocíamos como movimiento obrero, que en esa defensa tiene su origen y nacimiento. Y si le queremos poner apellidos, el de socialista fue el primero.
Y es verdad que, siendo un Ayuntamiento también empleador, está obligado igualmente a defender el interés de todos los vecinos ante reclamaciones laborales que puedan ser desmesuradas o impropias. Y si eso sucede y no se da el acuerdo en la negociación, es lo suyo acudir a los tribunales.
Pero no es este el caso, porque la cuestión a la que me refiero, esa que dicen que tiene atascados los Presupuestos y que viene de los tiempos de aquel gobierno infausto que fue el de la coalición PP+CxA, ha sido juzgada y fallada, y la sentencia es firme y sin posible recurso. Una sentencia que, no por casualidad, le quitó la razón a aquel infausto gobierno y reconoció como buenos los argumentos de UGT, a los que en su momento se adhirió también CC.OO.
No voy a entrar en otros detalles, y no porque no sean cuanto menos llamativos, pero hay saber más que suficiente en la Corporación y entre sus técnicos como para no ignorar que no cabe negociar lo que ya ha sido sentenciado -y más si lo reclaman los afectados- salvo el modo mejor para su cumplimiento, y que cada día que pase más grande será el coste para el Ayuntamiento. Un coste económico, y también social y político para el partido en que el gobierno se sustenta, que no pagarán los concejales y la alcaldesa sino todos los ciudadanos.
Me consta además, por experiencia propia, que de esos técnicos los hay, y muy competentes, y saben perfectamente cómo cuadrar unos Presupuestos para que se aprueben sin déficit inicial, como exige la ley.
En fin, que en tiempos como los que vivimos, en que las más de las veces la esperanza de reconocimiento y reparación se reduce al buen oficio de los buenos jueces, y en especial los de los Juzgados de lo Social, mal favor a la causa del socialismo es el buscarle las vueltas al cumplimiento diligente de sus sentencias. Y en un momento de ofensiva descarada de las derechas y los poderes económicos contra los trabajadores y sus organizaciones sindicales, peor aún.
Porque por alto que sea el precio de aplicar una sentencia, es infinitamente mayor su valor, que en muchas ocasiones es el respeto mismo a la dignidad del trabajo y de los trabajadores y las trabajadoras. Y como no encuentro razones donde no las puede haber, y sabiendo que, de recibir algo, no serán precisamente explicaciones, levanto la voz y escribo.
Cuando esto escribo no hace ni siquiera dos horas que he vuelto a oír al único superviviente ya de aquellos asesinatos de enero de 1977. Acaba siempre sus intervenciones diciéndonos, con el poeta, que 'si el eco de su voz se debilita, pereceremos'. Pues bien: yo no quiero que el de la mía se anquilose hasta ser solo silencio. Ni contribuir callando al deterioro de la política y al descrédito creciente del partido en el que milito.
Quizás todavía sea tiempo para compartir con mis compañeros de partido ahora en las tareas de gobierno municipal que el único rodeo que no admite el socialismo es el que nos lleva directamente a hacer nuestros los comportamientos de la derecha. Y no precisamente los mejores.

jueves, 16 de febrero de 2017

abrazo

Llegará el día en que Paula, mi hija, tendrá que mirar entre mis papeles, hurgar en ese revoltijo que, quieras que no, es parte sustancial de mi memoria, porque por más vueltas que le demos a las cosas, es en los papeles donde se guarda la vida.
Y cuando llegue el día encontrará, bien protegido, un calendario, plegable a modo de tríptico, que es la silueta recortada de las figuras de El abrazo, el cuadro de Genovés que simboliza como ninguno la reconciliación, esa aspiración que, de ser inicialmente una consigna del viejo PCE pasó a constituir una pasión común de los españoles que querían mirar al futuro libres y en democracia.
Lo editó precisamente el PCE, sin siglas -claro está- ni distintivos, como medio para recaudar fondos para los presos y obtener recursos para las campañas por la amnistía, ilegal por entonces el Partido y empezando a asomar la cabeza cada vez más públicamente. Iniciando por entonces la cuenta atrás para quitarse definitivamente el manto de la clandestinidad.
Y digo esto porque ayer me llegué hasta Madrid para asistir al homenaje a los abogados laboralistas ahora que se cumplen 40 años del asesinato de aquellos -entonces camaradas- que se encontraban en el despacho de Atocha, 55. Un viaje que lo era también a mi pasado, a aquella noche triste que dedicamos a localizar a los que estaban más expuestos para, si era el caso, procurarles un refugio seguro.
Y fue también el homenaje a Juan Genovés, el pintor. Y el reencuentro con muchos, con muchas, incluidos algunos con los que mantengo intacto, diferencias aparte, el hilo del afecto. El abrazo de Juana, tantos años sin vernos, fue quizás el más entrañable de la noche.
Enrique Lillo, el abogado laboralista más citado en la literatura que hace al caso y el más modesto y natural de los que conozco, hizo un buen discurso, yo diría que el mejor. Sin retóricas, y al grano, señaló con lucidez los espacios -unos nuevos, viejos otros- todavía opacos y refractarios a la democracia en nuestra España de hoy. Para, hoy como ayer, recordarnos la obligación de pelear con inteligencia por derrotarlos y desterrarlos.
Como hicieron, cuarenta años ya, aquellos que no queremos que sean solo historia. Los que son ejemplo de que la democracia no resultó de un pacto escondido en los despachos sino del empuje de los trabajadores con sentido de clase.
A la vuelta, ya en el tren, me vino a la memoria una sentencia y un enredo al que llevo dando vueltas hace semanas. Y me puse a escribir.

miércoles, 11 de enero de 2017

angelina

En la Feria del libro de Madrid me dijeron este verano los amigos que Angelina había estado un poco malita. Que ya estaba mejor. Hoy, hojeando al azar un periódico de ayer, me he encontrado con su nombre en la página indebida. 'El pasado sábado fallecía la poeta Angelina Gatell.' Aunque era, no era la información que esperaba de Manuel Rico, más presente -por fortuna- en las páginas de cultura que en la de obituarios, donde la situaba el periódico en su edición en papel.
Digo yo que a este paso tendré que dejar también de hojear los periódicos. Después de darle el pésame a Eduardo.

MEMORIA

Hace ya tanto tiempo de todo. Tanto tiempo…
Tengo miedo a perderme entre los días
y no saber volver.
                           Si así ocurriera,
¿qué sería de mí, de ti, de todo
lo que hemos vivido?
¿Quién estaría
aquí para contarlo?

Dadme la mano.
Dadme, por favor vuestra mano.
Y escuchad lo que os digo:
                          Hubo una guerra
y no supe sobrevivir.
Morí. A diario muero.
Hasta que muera seguiré muriendo
de la ignominia aquella.

(Angelina Gatell, Poemas últimos, en En soledad, con ella (Antología 1948-2015), Bartleby, 2015)





martes, 10 de enero de 2017

con blas


Si hoy trajera aquí alguna cita, aunque fuera sin foto, de Zygmunt Bauman -recién ayer fallecido- este cuaderno sin tinta se iría haciendo más y más obituario, visto el cariz del año apenas estrenado. Bauman, apóstol de ´lo líquido`, entró en mis lecturas en aquellos años que creímos terminales del franquismo con sus Fundamentos de sociología marxista, traducidos a partir de la edición italiana y publicados aquí por Alberto Corazón. Por aquel tiempo, y queriendo desterrar toda ortodoxia, llegaron también Adam Schaff y Agnes Heller.

Hoy son tiempos idos que vuelven, no ya solo por la necrológica sino en forma de regalo por la suma de los años. Que esta vez no es sino el acierto de Maxi en ofrecerme la lectura de esas Historias fingidas y verdaderas que escribió Blas de Otero (en La Habana, dice en el prólogo Caballero Bonald que se compuso este libro inextinguible y hermoso en el que su autor alcanza una maestría verbal incontestable) y han publicado en un pequeño estuche con también la traducción al euskera las Ediciones El Gallo de Oro. Cosas del centenario. Sabina de la Cruz, mujer de Blas, hace una muy sucinta presentación.
Sabina fue profesora de euskera, y Paloma alumna suya. Con ella -con Sabina- y con un puñado de sabios e ilustres a cuya altura nunca llegaré, milité unos años en aquella Agrupación de profesores de Universidad del PCE. A alguna de nuestras reuniones unió Blas de Otero su presencia serena y, para mi, tan humilde como imponente.
A Blas, que murió en el verano de 1979, le hicimos un homenaje en las Ventas. Mientras allí se decían versos y se cantaban canciones, los sandinistas de entonces entraban en Managua.


DEL PELIGROSO MANDO

Esta es la cuestión: escribir libre, fluida y espontáneamente: al menos, en apariencia. Si hace falta, escribir con frescura, como el regato, la brisa y, desde luego, sin una idea preconcebida. Como una película de la Keystone: sin guión y con ganas de trabajar, entrevistarme, sorprender. Escribir hasta caer rendidos, y cuando lo lean se sientan ágiles, un poco emocionados, plenos. El quid, el intríngulis también se dice, está en dar a los demás lo que uno necesita; ser pródigo por naturaleza, no por arte ni magia. Las palabras me obedecen pues soy ciego y ellas me llevan; tiro de ellas con la punta de la pluma, o les suelto la correa: de pronto, se vuelven y me miran. Caminamos al azar, esto es lo que parece, pero la cuestión es llegar rápidamente al final, al fondo, sin andarse por las ramas como la brisa, aun sintiendo su atento roce y el brutal ruido del mundo.

(Blas de Otero, en Historias fingidas y verdaderas, El Gallo de Oro, 2016, edición bilingüe)

sábado, 7 de enero de 2017

tiempo


(…)
Tengo, a causa de mi deformación como historiador, una sensibilidad especial para las fechas y la progresión ordenada del tiempo. La gran incógnita, la pregunta que me acompaña estas semanas dedicadas a transcribir mis cuadernos, a dictar mis diarios y pasarlos, como se dice, en limpio, fue ver en qué momento la vida personal se cruzó o fue interceptada por la política, por ejemplo, en estos siete años a los que estoy dedicado ahora, sin cesar, exclusivamente interesado en saber cómo había vivido yo, entre 1968 y 1975, mi pobre vida de joven aspirante a, digamos así, escritor, a ser un escritor, porque no lo era en sentido pleno -porque uno es algo, llega a ser algo más o menos definido después de muerto-, yo había publicado ya un libro de cuentos, La invasión, bastante decente, le digo ahora, sobre todo comparado con los libros de cuentos que se publicaron en aquel tiempo, de modo que era sólo un joven aspirante a escritor y ahora, al leer los diarios de esos siete años, la pregunta que me ha surgido, casi como una idea fija que no me deja pensar en otra cosa, es qué es personal y qué es histórico en la vida de un individuo cualquiera, le decía Renzi aquella tarde al barman uruguayo de El Cervatillo, mientras tomaba una copa de vino en la barra del bar.

(Ricardo Piglia, Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices, Anagrama, 2016, págs. 12-13)

martes, 3 de enero de 2017

de sus fatigas


‘(…)  Fue segando la avena en la ladera que mira a Lapraz un día de agosto de 1914, cuando la familia Cabrol oyó repicar las campanas de la iglesia abajo en el valle.
         Ha empezado la guerra, dijo Marius.
         Ya han dado comienzo a la masacre del mundo, dijo La Mélanie.
       Por lo general, las mujeres conocen mejor que los hombres las dimensiones de las catástrofes. El alcalde distribuyó las cartillas a los movilizados. Todos los llamados a filas parecían contentos. Nunca en la vida volverían a llenarse los cafés del pueblo como la noche antes de su partida. Marius, que era bastante mayor que el resto -tenía treinta y ocho años- estaba inquieto. Evitó entrar en los cafés y pasó la velada en casa, dando instrucciones a Émile de lo que tenia que hacer antes de que llegaran las nieves; para entonces él ya estaría de vuelta y la guerra habría terminado.
        La banda tocó acompañando a los hombres que desfilaban por la carretera que baja hasta el llano siguiendo el curso del río. Era más pequeña de lo normal, pues la mitad de los músicos se encontraban entre los soldados que partían. Yo había entrado en la banda el año anterior y era el tambor más joven.
        Marius no volvió con las primeras nieves, ni para el Año Nuevo, ni antes de la primavera. Había empezado el tiempo interminable de la guerra. Cambiaban las estaciones, pasaban los años, y nuestras vidas, a excepción de las de los niños más pequeños, que no recordaban nada más, quedaron en suspenso. A principios de 1916 nos movilizaron a Émile y a mí. No quedó en el pueblo un varón que no fuera o niño o anciano. No se oían voces masculinas plenas. Los caballos se acostumbraron a las órdenes de las mujeres.’

(John Berger, Puerca tierra, trad. de Pilar Vázquez, Alfaguara, 1989, pp. 155-156)
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