miércoles, 22 de noviembre de 2017

música, maestro

Hoy, día de santa Cecilia, y en mi memoria


El maestro

Una banda no es una tribu, por más que las haya que hasta crean sus propias palabras y las custodian. Claro que no todas las bandas son una Banda. Ni todas las Bandas son La Flor de la Mancha. Que queda todo dicho y claro con pronunciar su nombre. Una Banda sin par que no hay otra que suene como la nuestra por más que pase el tiempo..
Y de esa Flor fui, antes que educando, hijo y ahijado. O hijo de pila, como convenga al lector si es que la expresión le dice algo o se encuentra entre sus saberes el que se refiere a la pila de cristianar. De padre jornalero y músico, metido luego a tendero, y padrino maestro y zapatero: el maestro de la música. El maestro, sin confusión posible. Digo yo que con perdón de los que lo eran de escuela, y mejorando lo presente.
Al maestro lo trajeron los vientos de la postguerra y el destierro -el suyo, de por vida-, esa condena de tragedia griega que movía a los hombres de unos lugares a otros. A los hombres, y a sus familias. Desgajados de su tierra natal, cortados de raíz de sus raíces. Unos se fueron, como el tío Brígido, que dio con los suyos en Alcázar. Otros llegaron, como Paco Martínez, zapatero y músico autodidacta que venía de Villamayor de Santiago y había tenido un cargo, el de alcalde republicano, que purgaría con cárceles y extrañamiento. Sus historias, las de muchos como ellos, solo alcanzamos a saberlas los muchachos cuando dejamos de serlo. Lo que son las cosas.
En vano esperó con mi padre que se retrasara el parto un día, por aquello de cristianar a un Cecilio, y en vano se esforzó por que el ahijado dejara de ser educando para pasar a mayores. Enérgico para reprochar la falta de un sostenido con un y en qué andaréis pensando que rompe la batuta en el atril, al fin y al cabo caña frágil. Mucho más frágil que aquellas que se esmeran en colocar como es debido, y bien lamidas, en la boquilla de sus saxofones los que tiene el maestro más al alcance de su batuta. Esos que, ya noche alta y las mulas en la cuadra, sacan de su estuche los instrumentos y se preparan para el ensayo.
Los veo ahora en esa foto antigua, ampliada, que cuelga en el pasillo de nuestra casa del pueblo. Domitilo, Julio, Cruz -caramuerto por mal mote- y muchos otros de aquella más tropa que banda que viajó por esas tierras resecas subida a la caja del camión de Conrado Chorlito, o de Giordano. Un solo camión para dos dueños, transporte de arte y sueños.
Soñaron, sí, aquellos músicos de pueblo, y gozaron de su momento mítico y sus glorias, que los habré escuchado una y mil veces repetidos durante años. La de aquel certamen radiado que patrocina la madrileña sastrería Palomeque y finaliza con un nuevo recuento de los votos que, ¡ay, dolor!, habían dado por ganadora a la gran rival, la banda de la vecina Quintanar. Un pueblo entero escuchando a su música en la placeta Bailén. O esa otra de arrancar un premio no previsto con un pasodoble ensayado en solo un día. Y en Valencia tuvo que ser.
Y no faltó en su historia la cita con la épica. Que resistir a la autoridad de la época con una huelga de boquillas y atriles en los días de feria no era fácil. Aunque los músicos de pueblo, y sus familias, lloraran por lo bajo viendo desfilar por sus calles una Banda forastera.
De otras resistencias ha quedado menos memoria. Pero pocos, muy pocos, se atrevieron a hacer esperar a un ministro secretario general del movimiento y a sus tres mil falangistas formados para la ocasión. Lo hizo Paco Martínez, Paquillo Córdoba, músico y zapatero, preso y desterrado. Corría el año de 1954.
Por mi memoria corre la imagen afable del padrino ahora sin batuta y sentado a su banco de trabajo, la lezna en la mano y cerca ese unto que suaviza el bramante y ayuda a coser mejor. El maestro zapatero que echa medias suelas o pone unas tapas. O me hace unas botas. A medida, todo un lujo. Y de material, que no es cualquier cosa. Porque el calzado bueno, como los balones de reglamento, no son de cuero o de piel. Son de material.
Fue la nostalgia de futuro, con el amor a la maestra -María, su mujer-, la que inspiró -preso él en el monasterio de Uclés mutado en cárcel, ella en la de Santander- la escritura de Ponte el mantón, el pasodoble que pone siempre un manto de lágrimas en los ojos de su hijo de pila.
Al maestro le gustaban los cacagüeses y las aceitunas. Como a la pareja de la Guardia civil que aparecía por la tienda noche sí noche no, a punto ya de echar las correderas.


(En El tiempo hermoso, Almud Ediciones de Castilla-La Mancha, 2017)

viernes, 3 de noviembre de 2017

sin alambradas

Calló el cantor, y su amigo cantor le escribe.
¡A desalambrar!, nos dijo. Y muchos lo soñamos. 
Y vivimos.


martes, 31 de octubre de 2017

voz




(Orihuela, 30 de octubre de 1910)



CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.


Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.


Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.


Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.


Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.


Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.


Miguel Hernández, en Viento del pueblo, 1937

lunes, 30 de octubre de 2017

los malos silencios


Vigilar un examen sobre Historia de España

Ser dos ojos
que deben contemplar la triste historia
del joven español que se hace viejo.
Al fondo de la clase,
un murmullo de himnos, canciones y protestas.

Miro en aquel pupitre
a ese niño que fui. Estaban las preguntas
en un folio marcado con yugos y sotanas.
De memoria sabía
rezar, callar, decir que sí, perdón,
no me lo tome en cuenta.

Me veo adolescente. El muchacho de al lado
aprendió sus lecciones. Yo procuro copiarme
para correr y luego
imaginar los ríos de montaña,
el agua pura
hasta donde no llegan las mentiras,
ni el privilegio impune,
ni la pobreza calculada
como una enfermedad de la nación.

En la última fila
rebusca en su libreta el joven descarado
que ya no tiene miedo,
que no soporta el gris,
que no piensa perder porque desprecia
las mentiras ocultas en las buenas palabras
y en los malos silencios.

Vigilar un examen
sobre historia de España. Ser dos ojos
de persona mayor
doctorada en antiguas esperanzas
que una vez más observa
la fatuidad, la corrupción, la falta
de pudor en los jefes de la tribu.

Nada me cansa más
que corregir exámenes. Ver cómo pasa el tiempo,
envejecer, sentirse tachadura
sobre papeles amarillos,
víctima y responsable
de un amargo suspenso general. 


Luis García Montero (29 de octubre de 2017)

miércoles, 18 de octubre de 2017

encuentro



En esta tarde de octubre y lluvia, a las siete 
y en el claustro del antiguo Convento de la Merced de Ciudad Real, nos reuniremos para hablar de El tiempo hermoso
y, con el libro como pretexto, celebrar la palabra.
La tomarán, y la celebraremos con ellos, tres buenos amigos: 
Nohemí Gómez-Pimpollo, Pepe Valverde y José María Barreda.

Quedáis todos, y todas, convidados.

jueves, 12 de octubre de 2017

pésame


(Antolín murió en abril. Tranquilo y en su cama. 
Se le paró el corazón mientras dormía, y no sufrió, me escribe María José, su hija.
Y no quiero que les falte mi pésame: que sepan que les acompaño en su sentimiento)

 

Pupitres

Antolín es de Herencia, y María, su mujer, lee una revista. Silabea en voz baja, moniquito, y va juntando palabras muy despacio. Lee a la antigua, en todo menos el ir recorriendo el renglón con el dedo, como cuando la lectura necesitaba de más órganos que el cerebro y los ojos y hasta el pasar de hoja se ayudaba del índice humedecido en la lengua. El gesto con que noveló Umberto Eco los asesinatos en la abadía de El nombre de la rosa donde reinaba un Borges bibliotecario metido a fraile, guardián celoso de un tratado sobre la sonrisa.
La lectura como viaje en este tiempo detenido de los hospitales en el que Antolín y mi padre, compañeros de habitación, aguardan pacientes su recuperación mientras sus acompañantes nos vamos acostumbrando a la lentitud de la espera.
No señales con el dedo, que está feo señalar. Una más de las prohibiciones de antaño, esta sin mediar explicación. Puede que no vieran nunca la estampa del almirante los que tuvieron a Colón por héroe casi exclusivo: hispanidad, raza, conquista, nuevo mundo. Isabelyfernando, y allí el índice extendido y, a lo que se ve, faltón. Así que señalar con el dedo, en mi mundo, se tuvo un tiempo por feo y mal visto. Por más que fuera el mismo que durante siglos sirvió para pasar página. Es decir, para mirar hacia delante. ¿Cosas del papel?
La lengua, por aquello de estas otras humedades, fue también un auxiliar fiel de la escritura. Y eficaz, que la punta del lapicero necesitaba del contacto con la lengua para pintar como es debido cuando desvaída y como difuminada su traza en el papel. Chúpalo, que no pinta. El lapicero, imprescindible a falta del bolígrafo (y el BIC aún se haría esperar). Y es que no era práctico ni útil ni al alcance de todos el complejo instrumental de tinta y tintero, plumín y secante. Ni limpio, de borrones sin remedio en un mundo de papel escaso y caro. De manchones en el guardapolvos a la que te descuidabas. ¡¿Has visto? Ya te has llenado, y ahora a ver cómo sale!
Los pupitres, aquellos de cajonera cumplida y amplia donde caber carteras y cabases y, si había, la orilla de pan con su onza de chocolate, venían ya preparados con sendos agujeros para el tintero -dos, uno por cada, una pareja de escolares por pupitre- y el rebaje doble donde dejar la pluma con su plumín, una goma de borrar, el sacapuntas y el lapicero sin miedo a que rodaran hasta el suelo por el plano inclinado de la tapa del pupitre. Que se abría hacia arriba como la de un baúl. Luego, a la salida, todo bien guardado en el plumier.
Me gustaban los lapiceros aplanados y gruesos que gastaban los carreteros, que esos sí que dejaban una señal clara y una huella bien marcada y, además de en la madera, escribían tan ricamente en el papel de estraza. Esos de llevar apoyados en la oreja, como hacen los del oficio. Mejores que un trozo de teja si se trata de pintar el Pórtico de la Gloria, como nos contó Manuel Rivas en El lápiz del carpintero. Y por ahí andará el que venía con el libro cuando lo compré. Tan triste y tan hermoso, y tan bien escrito.
De los otros, los de colores de Alpino, me regalaron un estuche grande unos reyes. Con el cuidado para que no se me gastaran. Calila me confesó más tarde, niño yo de barba blanca, que era el azul el que más le gustaba. Tanto como mirar a lo lejos las luces de Torafe.
María la de Antolín sabe firmar, y no como su madre, que lo hacía con el dedo. Que además de para señalar servía para dar fe de la identidad del prójimo que no llegó a tiempo de instruirse en las artes de la escritura. Otros hacían una cruz, que más que una afirmación parecían añadir una interrogante.
Quien sí sabía leer, y puede que sin mojarse el dedo al término de la página, y también escribir era Ruperto, el padre del compañero ocasional del mío. Se precisaba para ser Guardia de Asalto. Y mire usted, me dice el hijo con los ojos rasos de agua, que era tranquilo y bueno. Nos dijeron que dio un ¡Viva la República! que se oyó en toda la cárcel de Ciudad Real el día que el turbión del odio y la venganza se lo arrebató al mundo y a su mujer y a su hijo.
Tenía Ruperto 36 años. Y no se me olvida, dice el hijo, por más que pase el tiempo. Y yo no sé por qué los recuerdos se llegan hasta esta habitación de hospital donde los enfermos esperan, pacientes, su mejoría. Donde los acompañantes buscamos en la lectura un remedio contra este tiempo lento, casi detenido.


En El tiempo hermoso.
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